¿Has pensado alguna vez que este mundo es el mundo de las apariencias?
Platón también lo pensaba.
Suelo dudar tanto, que nada de lo que soy testigo es enteramente real, sólo el reflejo de lo que debiera ser.
Pero hubo una tarde... hace dos días... tal vez 3.
Indescriptiblemente real.
Eran las 17:30 aproximadamente. Iba yo dormida en la parte trasera del coche, en medio de mis hermanos. De pronto el mayor de ellos se despertó y simultaneamente yo. Tomó mi brazo y lo abrazó con tanta fuerza que me quedé completamente sorprendida pues no es él la clase de persona que abraza. Al contrario, suele rechazar siempre los míos (nada personal, lo entiendo, es sólo que él es así). Viendo que se recostó sobre mi hombro decidí besar su frente y dejarlo dormir.
Era la hora exacta...
Vi a un costado el paisaje que para mí se presentaba.
Eran las sombras de árboles con fondo de atardecer.
Como si la noche fuera ese telón que con calma iba bajando, obscureciendo mi atardecer.
Se tomaba su tiempo, he de agradecer.
Entonces despertó mi otro hermano... Lo miré y le hice un ademán de que volviera a recostarse en mi, que durmiera. Pero él señaló la ventana, inmediatamente volteé pensando que me señalaba algo más de ese paisaje que había estado criticando hace apenas unos segundos.
Pero no dijo nada, volví la cara hacia él y me recibió con un beso en la mejilla.
Abrazó mi brazo al igual que mi hermano mayor y se recostó en mi hombro a dormir.
Yo estaba atónita, no tendría palabras, ni gestos, ni lágrimas para describir lo que sentía en aquel instante.
Era único. Tenía que ser, sabía yo que esta vez nadie me estaba engañando, ni yo misma.
Había tocado con la punta de mis dedos el mundo de las ideas.
Había sentido la verdad.
Fué ese día, que al fin pude ver incluso con los ojos cerrados.
Y la armonía... Todo en perfecta armonía.
Mi madre tocaba la pierna de mi padre y él tomaba su mano.
El radio encendido y la noche despidiendo al sol.
Sabía que algún día... por único que fuera, habría yo de experimentar
lo que es real.